Ideas coming out my head

lunes, 29 de abril de 2013

CAJA DE COSTURA.

Las experiencias las podemos guardar en esa caja que ocupa algún lugar en nuestra vida. A veces abrimos la caja para buscar aquella experiencia precisa que necesitamos o aquella que con la sabiduría de lo que ya hemos vivido sacamos para darle un uso o un fin que muchas veces es superior a nosotros mismos. Como los sastres o las costureras vamos haciendo un traje a medida. Mi caja estaría llena de experiencias que han servido para recomponerme. Como un vestido que necesita una restauración como una alegoría de mi misma estaba raído, desgastado, maltrecho y descolorido. En esa caja de costuras fui metiendo hilo, aguja, tijeras, alfileres, el centímetro, retazos de tela y el dedil. Las herramientas que ayudan a la experiencia a hilvanar mis recuerdos para así poder restaurar el vestido que me cubría. Abrí la caja de costuras y saque el hilo y la aguja, procuré no pincharme así que me ayude con el dedil para cubrir la fragilidad de mi dedo, a pesar de que el ojo de la aguja era casi imperceptible logré ensartar el hilo conductor a la restauración, escogí un color fuerte, alegre, debía ser así, era un vestido claro pero que siempre se llenaba de hilos de colores alegres que poco a poco se fueron perdiendo pero que ahora iba a recuperar su esplendor. Las puntadas debían hacerse con pulso seguro para que se vieran bien, armoniosas y prietas para no dejar escapar nada y sobre todo para que no se deshicieran con el tiempo. El vestido ya comenzaba a tener forma, su estructura estaba siendo reforzada por puntadas de seguridad y confianza aunque confieso que al principio de la labor por miedo a lo desconocido y por las ganas de renovarlo pensé que podía cambiar de estilo, un poco más juvenil o un poco más contemporáneo, pero luego me di cuenta que el vestido era único así como estaba aunque en su maltrecho estado era un clásico, era de esos que salen una vez y que no los confeccionan en serie, así que decidí dejarlo así. Le tocó el turno a las tijeras, procuré cortar despacio todos aquellos flecos sueltos y el hilo que sobraba, eso era muy importante, cortar lo que sobraba, cortar con el pasado. Al revisarlo me percaté que tenía un agujero en el bolsillo por donde se salían las esperanzas y las ganas de seguir adelante. Había que medir cuán grande era para cerrarlo, en la caja estaba el centímetro para medir el agujero y ese trozo de tela inesperado con el que no contaba, el pasado que volvía para sorprenderme gratamente y así saque el trozo de tela que había en el fondo, era justo lo que necesitaba lleno de texturas, de luz, de intensidad. Sabía que solo era un parche pero lo necesitaba. Los parches se pueden llenar de sentimientos aunque nunca lleguen a materializarse, solo sirven para cubrir o para curar, en este caso para reparar y recuperar la pieza en cuestión. Y así pasaban los días y el vestido iba recuperando la belleza que había perdido. Ya una vez transformado, había logrado encontrarme a mí misma. El vestido encajaba a la perfección, los colores del hilo eran brillantes. En mi cajón de costura quedaron los hilos, las agujas, la tijera, el centímetro, el dedal, que sin duda utilizaré de nuevo...algún día lejano espero, la restauración ha sido profunda, el taller estaba en Manchester...en Liverpool...en Newcastle.