
Érase una vez una princesa que lloraba.
Llegaban caballeros de todos los rincones del reino para tratar de resolver el acertijo que la princesa que lloraba había promulgado:
“Descubrid el hondo vacío, y os daré parte del secreto, de una parte del corazón roto y del amor eterno”
Uno de los caballeros, muy hermoso, de buen linaje y reconocido por sus grandes y vastas riquezas, prácticamente era el señor feudal de su comarca; lanza una respuesta:
"Es muy fácil princesa: Os falta un hombre con riqueza y que sepa dominar vuestros instintos y vuestros lloros para que no tengáis que pasar por más necesidades, más que las de una tarde con vuestras damas danzando…"
La princesa que solo lloraba lo miro y con solo su mirada el caballero se convirtió en una estatua de oro por su interés en la riqueza y su vacío de espíritu.
Llega otro caballero, experto en el arte del combate, acababa de llegar de Tierra Santa de una de las cruzadas más sangrientas, muchos lo admiraban por la cantidad de infieles que había decapitado, y con voz áspera y segura, gallarda le dijo a la princesa:
“Necesitáis a un guerrero que defienda con todas sus fuerzas al reino y por supuesto a vos y a vuestra belleza, mi gran valor y las historias de Tierra Santa seguro que os conquistarán”
La princesa que no podía parar de llorar lo miro con ojos de indiferencia, seguía llorando, pero dentro de ella no entendía por qué este caballero solo quería seguir luchado en un reino de paz y en donde convivían todos los credos y razas como alguna vez sucedió en Tierra Santa..
La princesa levantó la cabeza y una sola lagrima resbalo por su mejilla, cuando llego al suelo el caballero quedó convertido en plomo, por su falta de tolerancia y por su afán de guerra pero sobre todo por su soberbia…
Por casualidad un forastero pasaba por aquel reino, y había escuchado la historia de la princesa que lloraba, aquel extraño caballero no llevaba armadura, pero sin embargo llevaba consigo una mochila llena de libros y de extraños artilugios.
La gente del pueblo le pregunto si venía por el acertijo de la princesa, aquel hombre solo dijo: No sé de qué habláis, pero este acertijo solo proviene de la falta de amor, de una tristeza profunda que solo puede ser combatida por un hechizo muy antiguo: El hechizo del AMOR.
Todos miraron con asombro a este hombre que parecía muy seguro de lo que decía, como si tuviera una respuesta desde los primeros tiempos.
Aquel extraño pidió que lo llevaran ante la princesa.
Una vez allí, la princesa lo mira con cara de asombro, se da cuenta que no lleva armadura, no lleva espada, que no tiene la voz de un caballero, que aquel hombre era un asceta que caminaba sin rumbo, de comarca en comarca, de pueblo en pueblo, aprendiendo, observando, escribiendo y quizás mezclando pócimas en sus extraños artilugios.
La princesa entre sollozos le espetó el acertijo:
“Descubrid el hondo vacío, y os daré parte del secreto, de una parte del corazón roto y del amor eterno”
Aquel extraño se destapo su cabeza que cubría una capucha de su ropaje y le dice:
"La respuesta hermosa princesa es que necesitáis llenar el vacío de la tristeza que os provoca la falta de AMOR, ese hechizo que atrapa a todo ser vivo y que sin eso no sería posible vivir, vuestro corazón está roto porque veis el mundo que os rodea y solo veis injusticias y soledad, vuestra alma de princesa lo quiere cambiar todo, pero no puede, pero al mismo tiempo no desistiréis en la lucha, y el amor eterno es la capacidad de creer que somos capaces de amarnos los unos a los otros, con un amor puro y transparente, pero sobre todo y por sobre todas las cosas el AMOR de un hombre que os haga finalmente feliz y parar de llorar, que os bese las lágrimas y las convierta en estrellas".
La princesa lo miró, y de repente paro de llorar, así sin más, aquel hombre cubierto solo con su ropaje de monje ascético y errante llego a la respuesta y a disolver la tristeza del hechizo que la hacía llorar sin parar, su maléfica madrastra la había hechizado para que nunca fuera capaz de controlar su tristeza, pero sabía que solo un alma pura y que solo dijera la verdad de su conciencia iba a hacer desaparecer el hechizo.
Cuando la princesa temerosa alza la cabeza, aquel monje harapiento se convirtió en un hombre nuevo, pero no dejaba de llevar sus ropajes, solo que la princesa por primera vez en mucho tiempo había parado de llorar, las últimas lágrimas se convirtieron en rayos de sol y por fin pudo AMAR.
Aquel hombre que llegaba de lejos era el niño con el que jugaba por los pasillos del palacio, el hijo del médico del Rey, era el hijo del Alquimista que volvía luego de años de exilio voluntario, ajeno a todo, solo su sabiduría, esa que solo se obtiene de la humildad y de muchos años de ser aprendiz y de conocer el vasto mundo, lograría dar con la respuesta al acertijo y del hechizo de la malvada madrastra.
La princesa ya no llora más, la princesa ya casi es la reina. El extraño hombre no es rey, no quiere serlo, solo quiere darle AMOR a aquella niña con la que soñaba mientras mezclaba y aprendía las formulas secretas de la alquimia y de la filosofía de la vida.
Ahora la princesa, puede mirar a los ojos a su amor y respirar, él ha descubierto el acertijo.

